Se respira en las calles

Se respira en las calles, en los hogares. Se siente en las miradas de las personas, en las risas y en las sonrisas, siempre que termina una conversación. Se nutre de su frío, del viento gélido que sopla por la Alameda, de las luces que colorean los ojos de quienes queremos cuando miramos fijamente a ellos. Se palpa en los templos, en sus aledaños; hay como un olor especial.

Así es el mes de diciembre. Un nuevo mes de Mayo surgido en pleno invierno. Candor y calor para el frío de la mano de la Santísima Virgen. Diciembre que se debate entre la pura, limpia e inmaculada concepción de María y su espera esperanzada en el nacimiento del Mesías, que veintiún siglos después sigue naciendo o intentando nacer en el corazón de cada uno de los hombres.

María, concebida sin pecado original. Inmaculada y sin mácula alguna en todo su ser. Dogma español por antonomasia y verdadera creencia que se interiorizó con el paso de los siglos hasta hacerse universal. Desierta de todo rastro de pecado, ser humano incomparable en el que Dios obró todo tipo de maravillas. Inspiración de pintores e imagineros de sin igual maestría. Cumbre del amor de un pueblo que quizás y sólo quizás se enfría con el paso del tiempo y por su propia falta de celo. Celeste inmaculado.

María….madre. Espera paciente la de la Virgen ante la proximidad del alumbramiento del Hijo de Dios. Esperanza que llena la espera de María y confianza ciega en Dios Padre. Espejo precioso donde se reflejan todas las virtudes que se puedan alcanzar a conocer o imaginar. Milagro como no se podía concebir otro igual. El Hijo de Dios que se hace hombre a través del tabernáculo más precioso que se pudo alcanzar a concebir. Verde, verde esperanza.

De su concepción inmaculada a su espera esperanzada. Así se debate cada año un nuevo mes de diciembre. Del ocho al dieciocho. En la más pura y sin mancha se concibió al redentor del mundo. Diciembre, el otro mes de María, su otro mes.

Se siente, se presiente, se palpa, está próximo el nacimiento del Salvador. Preparemos el alma porque en apenas cuatro meses volverá a morir y a resucitar en ese ciclo privilegiado que año tras año tenemos el privilegio de rememorar los que creemos en Él. María nos prepara para su llegada, una vez más María es la puerta que nos da paso al Señor. La puerta del mismo cielo aquí en la tierra.

Vuelve a mediar entre Dios y nosotros incluso físicamente. A María por y a Jesús por María, la que fue cauce virginal para que Dios mismo se hiciera hombre. Diciembre que arropa a la Virgen en el alumbramiento del Mesías. Flor que florece pese al crudo invierno cada decimosegundo mes del año y que no es sino el preludio de lo que está por venir. Su otro mes, el otro mes de la Virgen. Se acaba el año pero con Ella, con Él….nada termina, todo empieza. Esperanza Inmaculada e Inmaculada Esperanza. Ya viene, Dios ya viene a este mundo.

Se respira en las calles, en los hogares. Se siente en las miradas de las personas, en las risas y en las sonrisas, siempre que termina una conversación. Se nutre de su frío, del viento gélido que sopla por la Alameda, de las luces que colorean los ojos de quienes queremos cuando miramos fijamente a ellos. Se palpa en los templos, en sus aledaños; hay como un olor especial……

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