El silencio

Que acaba por matar todo lo que toca. Que debe ser medido prudentemente pero en ningún caso ocultar miedos o supuestas incapacidades. El silencio que nos encierra en nosotros mismos y ahoga lo que en muchas ocasiones debe salir a la luz. El silencio de quienes no quieren hablar ni quieren que se les hable; ni tan siquiera escuchar.

Que esconde el temor a equivocaciones y oculta bajo su sombra las comodidades de no tener necesidad de hablar y permanecer sumidos en nuestro propio mundo….ése que construimos a medida y del que a menudo no queremos salir. El silencio de quienes no tienen voluntad de hablar ni tienen necesidad de hablar. Aquél que levantamos como muro inexpugnable y en el que nos sentimos con una falsa seguridad.

El silencio a gritos, el que hace enmudecer el diálogo, la comprensión, la tolerancia. Quizás de los peores silencios que puede haber. El silencio de la negativa a avanzar ni un solo ápice porque eso y sólo eso derribaría nuestro particular muro de las lamentaciones en el que hasta nos gusta reconcomernos. Y siempre se repite la misma secuencia: Frente a las intransigencias….silencio; frente a quien nos pueda mirar mal….silencio; frente a las posibles consecuencias de nuestras palabras por nimias que sean…..silencio; frente a quien guarda silencio, más silencio aún si es posible.

Somos cristianos, somos cofrades, necesitamos proclamar dentro y sobre todo fuera de los muros de nuestros templos y de las paredes de nuestras casas de hermandad, lo que somos y tratar de ser coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos. Busquemos el silencio cuando busquemos la oración y la intimidad. Nuestra fuerza nunca puede estar basada en la ausencia o en la carencia de hechos y de palabras. Aprendamos a callar cuando debamos callar pero sobre todo aprendamos a hablar, a que se nos oiga. Hablar, opinar…donde se deba hacer, cuando se deba hacer.

Renunciar a nuestra condición de cristianos, de cofrades, aunque sea pasivamente y con silencio, no sólo acaba con nosotros interiormente, no sólo no nos enriquece, no únicamente conlleva callarse. Acaba con la comunidad, con el grupo del que formemos parte. Tal vez tengamos que aprender a dialogar entre nosotros y con todo el mundo. Ese aprender es recíproco.

Y el silencio en señal de respeto….siempre, para la intimidad…siempre y más con Dios, para aprender a escuchar a los demás, para aprender a escuchar simplemente. Un minuto de silencio, una hora, lo que sea preciso. Y al paso de la Buena Muerte o de cualquier otra que así lo pida…..pero a partir de ahí se nos debe oír. Lo necesitamos más que muchas otras cosas.

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