Ser cristiano

De mi condición de cristiano, de pertenecer a la Iglesia, de haber nacido, vivir, crecer y morir algún día en ella, de decirlo y no avergonzarme de ello, de sentirlo como una parte más de mí, de esas partes de las que no puedes prescindir ni quieres, de ser seguidor de Cristo para lo bueno y para lo no tan bueno, estoy orgulloso.

De tener a Cristo presente cada instante de mi vida, de quererle, de verlo en quienes tengo a mi alrededor, de tratar de hacer posible la venida de su reino a nuestro mundo, de mirarlo y admirarlo, de necesitarlo sin opios ni excentricidades, sin dilemas, estoy orgulloso.

De ser cofrade, de vivir mi fe en hermandad, de ayudar a quienes puedo ayudar, de esa fe del carbonero tantas veces mal entendida por quienes ni la quieren ni la conocen, de mi estilo de vida donde siempre tengo presente mi condición de cofrade comprometido, de vivir mi fe en fraternidad, estoy orgulloso.

Del tesón y del trabajo, ni más ni menos, de la minuciosidad y el detalle, del espíritu de ayuda y de lucha, de la humildad silenciosa y callada, del cofrade…siempre del cofrade, del antifaz y el capirote que en muchos casos cubren tantos rostros durante 365 días al año aún sin llevarlos puestos, de ese estilo de vida, de transmitirlo, de sentirlo, de pregonarlo con obras y no sólo con palabras, estoy orgulloso.

De “mi” hermandad…. a la que pertenezco…porque soy de ella, de su gente, de sus cosas buenas que las tiene y muchas, de sus problemas y sus malos ratos, de la lucha y el esfuerzo por salir adelante, del mano a mano, del hombro con hombro, de mirar al cielo, a su cielo, porque es el único sitio donde sus ojos me llevan a mirar, de tantas personas de otras hermandades a quienes tengo en mi vida y a las que quiero, de tener hermanos de verdad, de los que te duelen y les dueles, estoy orgulloso.

De ese otro lado del mundo cofrade en general, de actitudes recriminatorias, de silencios que ahogan impotencias, de iras que se llevan dentro y casi se necesita vomitarlas en cuanto hay ocasión, de resquemores, de recelos, de sentimientos que ahogan y matan el alma, de importancias inexistentes y de trascendencias intrascendentes, no estoy orgulloso.

De imposiciones de arriba a abajo, de abajo a arriba, de superficialidades, de creerse más sin serlo, de imperativos, de lobos con piel de cordero, de abrazos vacíos que se mandan y se dan gratuitamente, de carencias de nobleza y de pobrezas de espíritu, de miradas que no son limpias y que ni siquiera pueden cruzarse con otra mirada, no estoy orgulloso.

De no aprender, de no querer aprender, de estar por encima del bien y del mal, de creernos los cofrades y no cofrades autosuficientes cuando es en esos momentos en los que más estamos pidiendo a gritos que se nos eche una mano, de soberbias que impiden que se reconozcan las cosas, de quedarse en lo que perciben los sentidos y no ir más allá, del vacío de la estética sin ética, no estoy orgulloso.

De devociones mal entendidas, de cariños improvisados, de dobleces, de pretensiones, de velos que ocultan carencias tras halagos que son como cortinas de humo, de tensiones, de dar a ver lo que en realidad se es pero no todo lo que se es ni muchísimo menos, sólo lo que interesa, de la manipulación de las palabras, de la comodidad de mirar desde arriba cuando se está más abajo que al que se está mirando, no estoy orgulloso.

Y con todo y de momento, todavía pesa más todo aquello de lo que estoy orgulloso que de lo que no lo estoy. Orgullo sin acritud, en el mejor sentido de la palabra, orgullo del que te produce felicidad sin necesidad de vanaglorias y no te encierra en ti mismo sino que te abre a los demás. Y es que al final soy una persona, con mis fallos y mis problemas, pero una persona. Eso sí, soy católico, soy cofrade, y siento a Cristo en mi vida….¡qué orgullo más grande!.

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