Prendió el cirio de una nueva Cuaresma

Prendió el cirio de una nueva Cuaresma. Tímidamente, con la trémula llama recién encendida que vacila pávida hasta que hace de su alma, pabilo que sabe que tiene sus días contados. Pero sí, ya da luz. Se abre el corazón del cofrade a sentir lo que no se puede describir y a vivir lo que tan sólo él puede vivir. Se ralentiza el tiempo, no quiere parar los días porque sabe lo que hay al final de estas vísperas. Ya humea la llama de la Cuaresma. Brota y rebrota una y otra vez su claridad en la penumbra oscura, silenciosa, morada y casi negra. Es un rincón del corazón que late lentamente durante todo el año y acelera su ritmo conforme pasan las hojas del calendario.

Universo de sensaciones que escalonadamente van llegando. Miradas perdidas, fugaces, cada una repleta de ilusión y penitencia a la vez. No trate de explicarlo. Quien no lo desee, no va a entender que en la penitencia cuaresmal se esconde la mayor de las ilusiones. Donde la mente no alcanza sí llega el corazón. Allá donde la razón no encuentra explicación, el sentimiento copa su lugar para llenar cada hueco, cada recóndito rincón del alma del cofrade. Ahora se vuelven los ojos para observar… y rezar mirando y mirar rezando. Parecería como si Dios se volviese más íntimo aún mientras prende la llama de la Cuaresma. Rezuman olores que siendo iguales, cada año suenan distintos. Sol que aún no acaba de abrigar con su calor, tardes que se vuelven noches rápidamente y envuelven con su abrigo un montaje de altar de cultos. Brumas de incienso que elevan la plegaria callada, cadente, silenciosa. Besos que se prenden y se desprenden a los pies del Señor. Sobrevuelan sentimientos que se pueden palpar en el ambiente, al calor de la llama de la Cuaresma que poco a poco crece para consumirse mientras en sí misma se vuelve más viva.

La mirada de un niño que por primera vez se acerca a recoger su túnica, de un niño que apenas llega a la mesa donde los que alguna vez fueron como él, llenan de ilusión sus ojos. Justo cuando pestañean otros ojos que se cierran por un instante para saborear lo que ya ni siquiera ha de verse o sentirse, sino vivirse. Se entrecruzan las manos de un padre y un hijo porque sólo ellos saben lo feliz que se hacen mutuamente. Sobra lo demás, todo lo demás.

Remolino en esa espiral lineal donde los días se suceden deseando que acaben para no acabar en una nueva primavera de sentimientos. Bendita Cuaresma del corazón y del alma.

Pero no se olvide. Si no lo comprenden es porque la llama de aquella vela aún no ha temblado en ese rincón escondido y secreto en el que jamás, jamás dejará de prenderse. No basta con querer, también hay que creer….sobre todo hay que creer. Y creerlo será quererlo. Vísperas cuaresmales, el suave aliento de vida para el cofrade.

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