Cádiz, una ciudad extraña para sentirse cofrade

Un año más, tras un extenso año de sabores para todos los gustos, detenemos el motor de la vida, inmersos ya en una nueva Cuaresma. Una Cuaresma a la que ya, de antemano, accedemos por la puerta del jolgorio y el guirigay carnavalero. La Semana Santa gaditana es nuestra, por herencia paterna. Nos la han transmitido los siglos, tal cual es: en su más pura tradición. La idiosincrasia del gaditano es tan particular que yo a nuestra Semana Santa, la calificaría de extraña. Disculpen mi atrevimiento, les explico: La tradición define a los pueblos; es como la raíz, que confiere al árbol tanta mayor firmeza y robustez cuanto más honda cala en la tierra. El verano, las infinitas playas y el magnífico y cansino Carnaval de esta ciudad hacen de nuestra fiesta sacra, una sacrílega fiesta. El temperamento del gaditano, codiciado por muchos, en toda la geografía española, convierte nuestro sentir cofrade en comidilla de pasodobles y cuplés. Los mismos que sufren el peso de Dios en sus hombros cada Semana Santa, revientan sus gargantas tan sólo un mes antes, coreando letras irreverentes sobre la existencia de Dios. Y voy a más, estos “artistas” del mes de febrero, están contagiando tanto su irracionalidad ante lo espiritual, que muchos, ya ocupan incluso cargos de responsabilidad en nuestras hermandades y cofradías gaditanas. Ante esto, no me quedan otros calificativos más aclaratorios para definir la idiosincrasia de esta tierra, que extraña o paradójica.

Aunque bien es verdad, y sería injusto por mi parte no aclararlo, que las excepciones cada vez más, están ganando la batalla a la inmensa mayoría. Sin ir más lejos, Luis M. Rivero, (Hermano Mayor del Despojado) ha demostrado, con creces, que se puede compaginar todo en la vida, siempre y cuando impere la razón y la cordura. Por todo ello, porque ser cofrade en Cádiz es un autentico milagro, debemos hacer que el espíritu cofradiero brote, como gala magnífica, en el mejor momento político de nuestra patria, la democracia.

Por gracia o por desgracia, los cofrades de Cádiz tenemos la difícil pero gratificante tarea, de andar a contracorriente. Y debemos empezar por sacar nuestras banderas y ondearlas por los aires gaditanos. Nuestras insignias. Estandartes que identifican nuestra condición de cofrades y cristianos, nuestro estilo de vida, nuestro Sentir Cofrade.

Hace algunos años Juan Pablo II nos instaba a trabajar por “una nueva imaginación de la caridad” y a esto de imaginación no hay quien nos gane a los cofrades: belenes, rastrillos, meriendas, almuerzos y cenas, rifas, veladas y verbenas… Porque “obras son amores y no buenas razones”.

La Fe en el mundo cofrade de Cádiz está viva, goza de buena salud, pero los análisis muestran que algunos de sus indicadores están al límite, por exceso y por defecto. Por ello, querido lector, no debemos pasar por las hermandades de puntillas, estamos en la obligación de hacer saltar las alarmas de esa fe, fundamental e imperiosa antes de que se ponga vieja y torpe, antes de que los años y el desconocimiento hacia ella la maten. Debemos dar un golpe en la mesa y grabarnos a fuego la protestación de fe que nos equilibra y nos hace libres. Fe que se me antoja como aquella candelería siempre encendida pero en continuo riesgo de ser apagada por el viento y la lluvia. Gracias a ella vivimos instantes maravillosos, y nada nos parece imposible. Por de ella brotaron lágrimas de emoción en tantos cofrades. Debemos la Fe a cada una de nuestras familias; a nuestros padres, que para nosotros pidieron el bautismo.

Y una vez al año nos lanzamos a la calle con la confianza exigente que nos da nuestra fe, “Pobre de mí si no anunciara el evangelio“. Los cofrades no nos reservamos a Cristo para nosotros solos “Sentimos la exigencia de llevarlo a los demás”, pero utilizando nuestro propio discurso estético y simbólico, discurso plástico de sonidos, colores y olores, elaborado a lo largo de los siglos. Nos lanzamos a la calle, como embajadores del reino, pero para evangelizar disfrutando, que es como sabemos hacerlo los cofrades, para mostrar con nuestras Sagradas Imágenes a un Dios cercano que camina por Cádiz y a su bendita Madre, que nunca lo deja solo y que siempre lo acompaña.

La Semana Santa nace cuando el Señor hace su Triunfal Entrada en Cádiz por la rampa del Carmen. Se bautiza en historia de la ciudad en San Agustín, ante aquella Virgen que le dijo a Sebastián Santos: “Soy de Cádiz, llevadme a ella”. Se confirma en Santo Domingo con Jesús Sacramentado, que aguarda infinitamente en los sagrarios del mundo. En San Lorenzo camino del Calvario o en Salesianos, despojado de sus vestiduras.

Termino mi artículo, haciendo un atrevido símil con la frase de aquel crítico de espectáculos de Nueva York, que definió a Lola Flores:

Cádiz es una ciudad extraña para sentirse cofrade, pero no se la pierdan.

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